
No llegaba a 30 quilos. Le pesaba tanto el viento en los pulmones que inhaló la angustia del no poder queriendo. A pesar del frío, reía mordiendo las cadenas que abrazaban con violencia cada parte de sus alas, arrastrándose por demostrar su habilidad para seguir volando sin cometas.
Se le enredó la muerte en las pestañas tejiendo una alambrada de acero que cercaba la puerta de sus sueños. Construyó un imperio de motivos tras los párpados para mantenerse siempre alerta, tragándose la arena que amenazaba anocheceres ahogados entre mantas. Derramó el último suspiro sobre un cielo cubierto de tiramisú y helado. Y en su piel anidaron un millón de palomas negras clavándole feroces garras de impotencia.
(Fotografía: deviantart.com-Juggertha)
