lunes, 19 de julio de 2010

Aprendió a morir.


No llegaba a 30 quilos. Le pesaba tanto el viento en los pulmones que inhaló la angustia del no poder queriendo. A pesar del frío, reía mordiendo las cadenas que abrazaban con violencia cada parte de sus alas, arrastrándose por demostrar su habilidad para seguir volando sin cometas.

Se le enredó la muerte en las pestañas tejiendo una alambrada de acero que cercaba la puerta de sus sueños. Construyó un imperio de motivos tras los párpados para mantenerse siempre alerta, tragándose la arena que amenazaba anocheceres ahogados entre mantas. Derramó el último suspiro sobre un cielo cubierto de tiramisú y helado. Y en su piel anidaron un millón de palomas negras clavándole feroces garras de impotencia.

(Fotografía: deviantart.com-Juggertha)


4 comentarios:

DANI dijo...

No se si el texto me emociona por lo triste o por lo bello...

Precioso Tami, precioso de verdad. Me recordó a mi Abuelo.

Besos enormes

Siño dijo...

:-(

Como algo tan triste pode ser ó mesmo tempo tan belo e emocionante...

Eres grande, Tami, porque o enches todo de poesía. Iso, alomenos, pon un amago de sorriso nunha estampa tan desgarradora. Gracias por darnos a oportunidade de lerte.

Anónimo dijo...

No tiene nada que ver, pero tu primer párrafo me lleva a canturrear "Al respirar", de Vetusta Morla. Ya sabes.

Espero que tus futuros informes de defunción no sean así; los familiares te aplaudirán...

La sonrisa de Hiperion dijo...

Es la ley de esta vida, que nos monta a caballo, pero también nos baja de él... Yo sólo pidiría dignidad para el tránsito.

Saludos y un abrazo.