Fermín tiene cinco años. Guarda en su nuca todo el peso de una sociedad envejecida por el sol. El que quema más en las aceras que en balcones señoriales. Por eso sólo asiente sin saber negar la evidencia. Y sonríe tímidamente a la cara amable que asoma detrás de la puerta blanca del derroche.
A Fermín le gusta el chocolate y las galletas de merengue que esconde en su aguayo.Que es su manta por la noche y su tejado cuando llueve tan tupido en el Valle Alto.
Fermín no tiene padre. Desapareció en la bruma que emborrona la silueta del Chapare en la mañana. Y la memoria. Su mamá se ha puesto enferma, por eso le ha dejado al cuidado del fantasma de justicia que ronda el hospital. Tan gastado. Son las 7 y la vida le cierra las ventanas que mantienen despierto el brillo negro del alma que le duele en las pupilas.
Que sueñes con tu lucha, guagüita. Y que no ganen esta vez. Que no ganen.
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